No puede existir trabajo libre bajo el capitalismo. También el trabajador que actúa por su propia cuenta sin jefes mediatos depende, por medio de un sinfín de relaciones económicas, de otros y el resultado final de su trabajo se diluye en múltiples relaciones típicamente capitalistas. Aunque no trabaje para un tercero, lo hace llevado por la necesidad y la escasez, por la imposición de unas relaciones sociales que se sustentan en la mercantilización de la vida. Nada es verdaderamente suyo, ni su tiempo, ni su trabajo, ni el producto del mismo, aunque se engañe pensando lo contrario. El trabajador ni ha sido, ni es, ni jamás será, autosuficiente.
El trabajo asalariado es siempre trabajo alienado. El mito del obrero libre del llamado “socialismo real” fue sólo eso: un mito falso y espectacular, pues se sustentaba sobre las mismas bases que el capitalismo: venta de trabajo-producción de mercancías-consumo. Bajo el capitalismo, el trabajo únicamente es, pues, el medio para obtener dinero, que es el auténtico dios en un siglo en donde el opio del pueblo es otro. El dinero es el medio ideal para comprar objetos propios de esta supervivencia, es más, es un requisito para la supervivencia en esta sociedad, porque todo tiene un precio. Es, en defintiva, “el producto de los hombres devenidos extraños entre sí, esto es, el hombre alienado” (M. Hess). Y todo ello para continuar alienado, porque ni siquiera el dinero que cambiamos por nuestro trabajo nos pertenece realmente. Mucho menos las mercancías que compramos con él, que nos son extrañas, pues no reconocemos en ellas más que el estigma de nuestra falta de libertad.
Es más, el trabajo asalariado se siente como algo hostil, inhumano y brutal. En el marco del horario laboral surgen resentimientos, competitividad y los esclavos se atacan entre sí, desconfían los unos de los otros, mientras los jefes se mueven en otro mundo, el de los balances y esas supuestas y regulares crisis que nunca conocerán la carestía, la indigencia o el paro. Resulta evidente que entre la concepción que Proudhon tenía del trabajo como “la acción inteligente del hombre sobre la materia dentro de un plan de satisfacción personal” y lo que hoy tenemos, sobra lo asalariado, el dominio y la violencia. Y esa diferencia notable sólo puede suprimirse mediante la completa abolición de la actual sociedad.
Cualquiera que conserve algo de lucidez y ansias de libertad percibe el trabajo como la suprema injusticia. Pero frente a esta intuición, los sindicatos pretenden, por medio de una imposible alquimia mágica, convertirlo en algo más “humano” y “justo”. Su objetivo es maquillar nuestra miseria. Los sindicatos median entre trabajadores y jefes. Se han convertido en un engranaje más del capitalismo que asegura la estabilidad del sistema y regula sus averías, cuando lo único que cabe hacer es resaltar las contradicciones y, en última instancia, hacer saltar esos engranajes. No desean resolver el problema, al relegar el asunto del poder popular, la agitación y lo asambleario, para “otro momento histórico”. Se contentan con su papel de mediadores. Al mismo tiempo, anhelan defender al trabajador frente a la explotación, pero no exigen la supresión de aquello que posibilita tal explotación: un mundo sin jefes, sin trabajo asalariado, sin mediaciones.
Igual que el estudiante que se organiza, no para reformar la universidad, sino para destruirla porque ha adquirido conciencia de la miseria de su condición, el obrero asalariado debe actuar para no dejar piedra sobre piedra. Debe negar el sistema sobre el que existe como tal, como obrero. La impugnación de este mundo pasa por la del propio trabajo asalariado, por la destrucción de la fábrica que aliena, por la radical realización de los deseos. Por el terror, por el placer. TODO O NADA.
Colectivo La Felguera, 1º de mayo de 2007.
