Capítulo 2
Otra vez el mismo mensaje que se resiste a ser vencido. Lo tengo aquí, encriptado en esta servilleta sucia; un aparentemente incomprensible garabato que me indicará lo que debo hacer. Hago cosas terribles. A lo sumo, destrucciones necesarias. Mato por placer. El Espía señala. Yo ejecuto. Antes, debo ser capaz de ejecutarme, de instruirme para no ser visto y escapar. Me temen. Pero todavía no sé qué, cómo y dónde. Cometo delitos mentales. Me mantengo oculto, porque, de lo contrario, esta sociedad me condenaría a una celda y a un número de identificación. Nunca me has visto ni lo harás. La Sociedad Secreta es una organización informal y casi líquida formada por ladrones de guante blanco y un puñado de pillos educados en la calle. Somos rápidos. Trabajamos, como sabes, para imponer la Dictadura de la Tercera Fuerza que liberará las “otras” fuerzas de la Historia. Pondrá a cada uno en su sitio. Para este objetivo, el único campo de batalla es su totalidad, esto es, la vida cotidiana y todos aquellos espacios en que el ser (el hombre y la mujer escindidos de su naturaleza verdadera) tienen que enfrentarse al deber de elegir. Aquí no hay límites ni coartadas para dejar de lado jugar o no hacerlo. Se vive, sin más. La Tercera Fuerza es el Ejército Negro, los mongoles entrando en acción. Lo bárbaro. Buscamos problemas para solucionar el problema.
Mírame como estoy: atento a encontrarme con H. y con P. junto al Fín del Mundo, debajo de la plaza eléctrica y del atestado barrio de Sión. Traza un círculo en torno al agujero escarvado en la plaza donde en su subsuelo los trenes circulan a toda velocidad, y sigue hacia abajo, dos o tres calles, sortea los incendios; allí hemos quedado. Te veo en el conflicto. Estoy haciendo el amor.
Capítulo 3
Fui el último en entrar en la Sociedad Secreta. Un día me llamaron dos personas a las que ya había visto en El Fín del Mundo. Venían con sus cabellos al viento, nerviosos y agitados, como si trajeran una orden. Lo soltaron, así, de pronto. Acepté el encargo de documentar la Tercera Fuerza y, sin ser detectado, estar en todos aquellos lugares en los que experimentas el asco de vivir.
Estoy contigo en el metro, cuando te agitas junto a los otros cuerpos anónimos y sudorosos, cuando te cuesta respirar en las aglomeraciones del centro, cuando los transeúntes te empujan porque esta sociedad les dice que sean crueles. Estoy cuando entras al trabajo, te colocas el abrigo y sales a la calle, a la intemperie, cuando buscas en el bolsillo y no encuentras. Soy tu sombra en los momentos en que lloras y golpeas objetos inanimados. Soy tu compañía cuando enfermas, pero no tienes fiebre. También estoy siempre ahí, cuando suenan las sirenas, cuando la poesía aparece. Estoy, en definitiva, en todos aquellos lugares e instantes en que no existe la sonrisa. Documento este trayecto que nos llevará hacia algún lado que, por ahora, poco importa. Viajamos juntos. Inmortalizo tus éxitos y fracasos. No me odies. El Documentalista es el único testigo.
