Diario secreto: espía Piere Loeb (547-M)

Domingo 8 de noviembre de 2009, por topsecret

Capítulo 1

Este trabajo apesta, porque uno debe trabajar hacia abajo, descendiendo a lo oscuro y deforme. Soy un elemento inclasificable cuyo destino trágico es el engrosar la lista de los caídos. El turbio futuro de quien no es dueño de nada. O, al menos, por ahora.

Estoy sentado en una cafetería junto a P., el rostro de la belleza. Me mira y sonríe. Me gustaría diluirme para no ser visto, aquí y allí, con esta apariencia tan normal para pasar desapercibido porque yo lo soy todo en este trabajo. ¿Cuál es mi trabajo? trato de desenmascarar la evidencia. Es una antigua perífrasis a la que nosotros, los propagandistas de la destrucción y la Tercera Fuerza, le damos el significado de “hacer brillar ante el ojo” o todo aquello que hace “poner al desnudo” la verdad. Es decir, la Tercera Fuerza como la evidencia y necesidad secreta de la revolución. La Tercera Fuerza y sus evidencias pueden ya ser vistas. Están en uno u otro lado de esta sociedad que ya anuncia su ruido de sables.

Las alarmas se desatan en torno a nosotros. Venimos como el fuego y con ganas de armar un buen lío. Afilados, como hojas de afeitar. Estas evidencias algunos las hemos encontrado en la revuelta de los suburbios franceses o en la insurrección griega. En ambos escenarios, no sólo se produjeron enfrentamientos entre fuerzas opuestas, eternamente conducidas por la Historia a la lucha para que una clase destruya a la otra, sino que dieron un paso más allá. La Tercera Fuerza encontró a sus defensores en la destrucción de edificios enteros, la ocupación y huelga salvajes. Otros mapas invisibles (no los busques en ningún sitio porque no los hallarás) acerca de la Tercera Fuerza nos conducen a la guerra civil y revolución española, a los anarquistas y la Columna Durruti (antes, en Los Solidarios), la Comuna de París, los Espartaquistas fueron también esa Tercera Fuerza, las fábricas ocupadas justo en el momento del triunfo de la revolución cubana y antes de que los dirigentes y burócratas destruyeran a la Tercera Fuerza.

Yo vigilo que todas estas hermosas destrucciones sucedan y lo hagan hasta el infinito. Soy el espía.

Vivo en ningún sitio. Paseo. Soy una Central de Información que debe rendir cuentas a la Oficina Central de la Sociedad Secreta cada mes. Ellos dan conmigo y yo acudo, simplemente. Mientras tanto, soy un espía, un amigo falso, una escucha permanente que habla poco. Soy tú.

Capítulo 2

Otra vez el mismo mensaje que se resiste a ser vencido. Lo tengo aquí, encriptado en esta servilleta sucia; un aparentemente incomprensible garabato que me indicará lo que debo hacer. Hago cosas terribles. A lo sumo, destrucciones necesarias. Mato por placer. El Espía señala. Yo ejecuto. Antes, debo ser capaz de ejecutarme, de instruirme para no ser visto y escapar. Me temen. Pero todavía no sé qué, cómo y dónde. Cometo delitos mentales. Me mantengo oculto, porque, de lo contrario, esta sociedad me condenaría a una celda y a un número de identificación. Nunca me has visto ni lo harás. La Sociedad Secreta es una organización informal y casi líquida formada por ladrones de guante blanco y un puñado de pillos educados en la calle. Somos rápidos. Trabajamos, como sabes, para imponer la Dictadura de la Tercera Fuerza que liberará las “otras” fuerzas de la Historia. Pondrá a cada uno en su sitio. Para este objetivo, el único campo de batalla es su totalidad, esto es, la vida cotidiana y todos aquellos espacios en que el ser (el hombre y la mujer escindidos de su naturaleza verdadera) tienen que enfrentarse al deber de elegir. Aquí no hay límites ni coartadas para dejar de lado jugar o no hacerlo. Se vive, sin más. La Tercera Fuerza es el Ejército Negro, los mongoles entrando en acción. Lo bárbaro. Buscamos problemas para solucionar el problema.

Mírame como estoy: atento a encontrarme con H. y con P. junto al Fín del Mundo, debajo de la plaza eléctrica y del atestado barrio de Sión. Traza un círculo en torno al agujero escarvado en la plaza donde en su subsuelo los trenes circulan a toda velocidad, y sigue hacia abajo, dos o tres calles, sortea los incendios; allí hemos quedado. Te veo en el conflicto. Estoy haciendo el amor.

Capítulo 3

Fui el último en entrar en la Sociedad Secreta. Un día me llamaron dos personas a las que ya había visto en El Fín del Mundo. Venían con sus cabellos al viento, nerviosos y agitados, como si trajeran una orden. Lo soltaron, así, de pronto. Acepté el encargo de documentar la Tercera Fuerza y, sin ser detectado, estar en todos aquellos lugares en los que experimentas el asco de vivir.

Estoy contigo en el metro, cuando te agitas junto a los otros cuerpos anónimos y sudorosos, cuando te cuesta respirar en las aglomeraciones del centro, cuando los transeúntes te empujan porque esta sociedad les dice que sean crueles. Estoy cuando entras al trabajo, te colocas el abrigo y sales a la calle, a la intemperie, cuando buscas en el bolsillo y no encuentras. Soy tu sombra en los momentos en que lloras y golpeas objetos inanimados. Soy tu compañía cuando enfermas, pero no tienes fiebre. También estoy siempre ahí, cuando suenan las sirenas, cuando la poesía aparece. Estoy, en definitiva, en todos aquellos lugares e instantes en que no existe la sonrisa. Documento este trayecto que nos llevará hacia algún lado que, por ahora, poco importa. Viajamos juntos. Inmortalizo tus éxitos y fracasos. No me odies. El Documentalista es el único testigo.

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