Decadente retrato: miles de falangistas frente al Obelisco que se levantó en pleno Paseo de la Castellana, en la llamada Plaza de la Lealtad, para honor del patriotismo; hoy el neofalangismo es objeto de una cuidada operación de mercadotecnia, sus valores perviven, pero la imagen es bien distinta. Y en esta operación quirúrgica -a la que han contribuído dos siglos de patriotismo rancio con el fin de construir el “glorioso mito de un pueblo que se echó en masa para expulsar al invasor y luchar por su libertad”-, los viejos poderes han sellado una inquebrantable alianza. En esa idea nacional y aquella otra de unidad nacional, el pueblo es ahora presentado como actor político, aún cuando ese mismo actor poco importe en nuestros días a la hora de que pueda gestionar y controlar su vida. La pena en caso de contradicción es la que está de moda. “Introducir matices en la comprensión de los hechos es percibido como traición a la patria”, afirmaba hace poco el historiador Álvarez Junco.
Conmemorar es la frenética y costosa actividad del nuevo patriotismo. Conmemorar, porque de este modo, se pretende generar una legitimación ante la búsqueda de un consenso retrospectivo a través de un proceso de identificación con unos llamados “héroes” supuestamente ejemplares, cuando en realidad esa rebelión –en forma luego de guerrilla- estaba inicialmente formada por curas absolutistas, bandidos reaccionarios y por buena parte de los elementos más autoritarios. Para eso, previamente se han editado todo tipo de libros que maquillan la historia y se levantan monumentos que la reafirman (como el monumento al teniente Jacinto Ruíz, en la Plaza del Rey). Por supuesto, la prensa conservadora ha intentado siempre ofrecer una imagen de unanimidad y consenso con su particular lectura de los hechos. Si los sofistas de hoy, con la derecha y también la izquierda junto al tufo de los progres más raquíticos del país defienden lo que llaman “gesta” del Dos de Mayo, los discursos de ayer y hoy no han cambiado lo más mínimo. En 1908, durante el centenario de la fecha, el Duque de Peñalver afirmó que era preciso celebrar “una acción colectiva, eficaz y resuelta, que exteriorice los no decaídos alientos de esta noble patria”. Hoy, ante el histriónico lamento de quien agita el latigo para destruir al “separatismo”, nuestra postura no es ésta, sino otra bien distinta.
Las ideas revolucionarias de 1789 impresionaron a todas las monarquías europeas, incluída la española. La ejecución pública de Luis XVI infundió un terror y pavor enormes en los poderes europeos. El Dos de Mayo se configuró como la ambición de Madrid por imponerse como faro de España y ciudad emblema de la nación. Así, durante su primer centenario, esta celebración se equiparó ya con la de toda la Guerra de la Independencia. Pronto, el nacionalismo hizo del Dos de Mayo un sentimiento de reafirmación nacional frente a las amenazas del regionalismo y las bombas anarquistas de Barcelona. El ejército quiso seguir siendo fuerte y se alimentó el mito colonial tras la vergonzosa derrota de 1898. En realidad, el Dos de Mayo permitió a las clases amenazadas por la pervivencia de buena parte de los ideales de la Revolución Francesa (libertad, anticlericalismo, pensamiento libre, igualdad y democracia) mantenerse en el Poder, pero ahora con una nueva legitimidad. Esa legitimidad se basaba en un supuesto levantamiento unánime y popular, el cual no fue ni tan unánime ni tan espontáneo. El Socialista, periódico de izquierdas, en su editorial con motivo del 1º de mayo de 1908 (un día antes del centenario), condenó el evento de esta forma:
“El Dos de Mayo es la fiesta de los patriotas, de los enamorados de las glorias pasadas y de aquellos que hacen de la guerra su negocio; es la fiesta de los explotadores y burgueses. No es una aspiración hacer algo mejor, sino una mirada nostálgica hacia un pasado devastador”
Y, por su parte, Lerroux afirmaba que:
“Tal vez aquella epopeya ha sido causa y raíz de las luchas políticas intermitentes que durante un siglo han consumido a España en una deplorable lucha de camarillas que nos ha llevado violentamente de una orientación a su contraria, sin otra finalidad que la de destruir. El espejuelo del patriotismo ha sido el gran alcahuete de nuestra ruina como nación”
Como tal conmemoración reaccionaria, son necesarios ritos y solemnidad, grandeza y monumentalismo. Aún mejor, ese día se declara festivo. El 29 de abril de 1938, una Orden dictada por el gobierno fascista decretaba que el Dos de Mayo sería una fecha festiva y se decía que los hechos de 1808 y los del golpe del 18 de julio de 1936 eran ambas fechas intentos por defender la patria, ya fuera del terror bolchevique o del afrancesamiento.
Nosotros, lejos de celebrar tal fecha, nos confesamos contrarios a la idea de patria: nos confesamos herederos de la guillotina.
Marat, Sade, los jacobinos… Vivan los ideales de la Revolución. Vuelve el Terror. España es Napalm.
Colectivo La Felguera. Comité Francés en el Exilio.
