Los fugitivos y el nuevo parque García Sanabria

Jueves 5 de noviembre de 2009, por la felguera

“Para aumentar la población, Rómulo siguió la pauta de otros fundadores de ciudades: abrió un asilo para fugitivos. El populacho que llegó fue el primer paso para la futura grandeza de las ciudades”.

Livio

La ciudad fue, en el caso que narró Livio, un santuario para los criminales. Inmediatamente, una duda nos asalta: ¿Habrán ya abandonado los fugitivos la ciudad? ¿Estarán aún hoy entre nosotros? ¿Fue su casta tan enorme que se mezcló entre todos los pobladores? ¿No serán los fugitivos quienes hoy nos gobiernan?

Nada es casual en un tiempo dominado por políticos que son empresarios y empresarios que son políticos. Nunca una profesión -bajo el eufemismo de función pública- había gozado de tales amistades, y a ese nivel. El cometido de ambos, cuyos límites y diferencias son casi imperceptibles, son la gestión de la economía, esto es, el dinero en movimiento.

Curiosamente, aquellas instancias del poder económico más altas, como constructoras y gestoras, despachos de grandes firmas de arquitectos e inmobiliarias, están estrechamente ligadas a cargos políticos. Tal matrimonio no está amparado por las necesidades de la Administración en la adjudicación de proyectos. Todos ellos, al fin y al cabo, se necesitan los unos a los otros. Unos para engalanar una gestión política que se presente como brillante, los otros para atrapar ese “dinero en movimiento”. Pero todos están en movimiento y se mueven, en efecto, al unísono.

El aspecto de nuestras ciudades, el diseño de los edificios, el uniforme del policía municipal o el nuevo lema de una determinada campaña, por ejemplo, son todos ellos aspectos de una misma apariencia: control, empatía, justificación. Son lenguajes de un poder que es hoy más disperso que nunca, pero más perceptible que ayer.

En última instancia, con esa perversa gestión de la ciudad han ido desapareciendo los ruidosos juegos de los niños en las plazas, la invasión del espacio público por mayores y pequeños, los lemas y aspiraciones inscritos con pintura en las paredes, los sonidos musicales anárquicos en la calle, la esquina como lugar de encuentro de las parejas, la arboleda o el banco oculto que favorecía la intimidad y el secreto (aquel que construyera un día nuestra niñez) o la pequeña tienda familiar. Ahora este mundo se presenta bajo la apariencia de mayor seguridad y control, y es cierto. Ahora la pequeña delincuencia debe sofisticar sus habilidades, cambiar su modus operandi, mientras se blinda cualquier hostigamiento y supervisión legal a esa función pública, porque nadie se hace detener a uno mismo.

Llegará un momento en que la sociedad cárcel alcance unas dimensiones que no podremos entonces distinguir lo privado de lo público. Ambos serán términos legales pero ajenos a su uso cotidiano. Cámaras en las calles, delación de los vecinos en los barrios, inexistencia de talleres de reinserción social en los barrios pobres, el ocio devaluado y americanizado como evasión barata, la expansión urbana que convierte el centro en centro comercial y que estratifica su cartografía según la clase social que ocupes. Igual distancia que separa al joven precario de una vivienda en propiedad es la que media entre el suburbio y el centro. Separados, incomunicados e inhabilitados para comprobar la inusitada fuerza que subyace a una misma desposesión y violencia, al mejor método de aprendizaje en el combate frente a las más adversas circunstancias y que está regido por el hecho de que los problemas de los demás son también los nuestros. No basta con conocer la naturaleza de nuestra miseria, sino la naturaleza del causante de ésta.

Con este empobrecimiento paulatino de la vida desaparecen también los profundos significados, y su mismo espíritu, de aquellas palabras con las que crecimos: barrio, juego, quedada.

El nuevo Parque García Sanabria es resultado de esta misma sociedad podrida. Este parque es el reflejo de su tiempo: circuitos ordenados, arboledas bajas, imposibilidad de ocultarse a los ojos de terceros como gesto de intimidad y soberanía, control a derecha e izquierda y de norte a sur, no sólo para el visitante, sino también para el policía. Hasta la nueva cafetería ha abandonado sus viejas mesas de mármol y ahora amplía su espacio, su luminosidad y cuenta con un “mirador y ascensor”, según la misma propaganda del parque. Todo esto se presenta como un triunfo.

En lo único que podemos estar de acuerdo con el discurso de los gestores es con su idea de “regeneración”. En efecto, el nuevo parque ha sido regenerado, porque ha expulsado todo lo que en éste aún pudiera sobrevivir como degenerado y desviado, como sucio y caótico. Ha aplicado, haciendo uso de los arquitectos Juan Manuel Palerm y Leopoldo Tabares de Nava, las antiquísimas ideas capitalistas para el control de los proletarios. En efecto, con la visión del nuevo parque y el paseo por el mismo podemos experimentar también en nuestro ocio que, tras la fábrica o el centro de trabajo, la disciplina persiste, que todo esta bajo control. Y, por supuesto, 103 postes de luz y 540 luminarias se encargan de que nada quede oculto para así inhibir al curioso, al enamorado, al que carece de frenos sociales, así como para la mejor filmación de las muchas cámaras de videovigilancia habilitadas en el recinto.

Ante esta perspectiva, se ha creado también el CIP (Centro de Interés del Parque) que ofrece rutas guiadas y cuyo fracaso ha sido evidente. El valor vital y sentimental de los espacios públicos se construye por las vivencias personales y emotivas que cada uno, sin controles ni guías, va experimentando en su vida, y ese parque hoy carece de nuestro interés. Es nostalgia de un tiempo pasado, ahora perdido, del que queda tan sólo el rastro de la tradición oral, las fotografías o la permeable memoria.

Ahora, el nuevo espacio es, efectivamente, más moderno y limpio, tal y como proclamaron en su inauguración. Pero nosotros somos enemigos de esa modernidad. Nosotros amamos ciudades que perturben, caóticas y hermosas, cuyas sorpresas sean ilimitadas y que, llegado el caso, supuren una bella decadencia. No obstante, una buena noticia: la violencia del orden capitalista, expuesta arrogantemente en la planificación urbana de las ciudades del imperio, ya sea por medio de edificios de negocios, del centro comercial o en aquellos parques que son el fiel reflejo del espíritu de los amos (los fugitivos), a buen seguro encontrará oposición en esos “salvajes” que se atreverán a bailar, pintar, gritar o hacer el amor en el nuevo parque.

“La historia de Roma es la historia de los hermanos Rómulo y Remo, hijos de la loba; líderes de pandillas de delincuentes juveniles; el rapto de las Sabinas; las Lupercales, en que jóvenes desnudos, salvo unos cinturones hechos con piel de sus víctimas, corrían salvajes por toda la ciudad... una temporada apropiada para matar” (Norman O. Brown). ¿Estarán aún en la ciudad Rómulo y Remo? ¿Dónde se escondieron los fugitivos?

La Felguera, agosto 2007

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