Los ideólogos de la victimización del violador y el discurso ideológico de la violencia sexista.

A propósito del libro “La miseria del feminismo”

Jueves 5 de noviembre de 2009, por la felguera

El discurrir de la vida en un contexto de violencia como el patrocinado por una sociedad que reafirma su existencia bajo la opresión, resulta complicado. En este sentido y en una época terrible, el debate, dentro del movimiento revolucionario, debe asaltar los postulados del mero eslogan y debe tomar el quehacer de los que buscamos grietas, el acoso, y finalmente el derribo de la sociedad de clases.

No obstante, no por mucho ladrar el perro es más fiero. Es más, en una época de dominio tecnócrata y tecnológico, en el que las medidas represivas se implantan como la cotidianidad mas absoluta, el campo de lucha parece mirar hacia el horizonte más endeble. Así, se asume la derrota y se lanza una cruzada que desvirtúe a buena parte del movimiento, porque se ve imposible dar la vuelta al color del mundo. En pocas palabras: se disfraza la impotencia del presente lanzando ataques hacia dentro del movimiento. No obstante, se busca una tarea liberadora a quién se siente impotente. Así, se autoemplea en algo en lo que es especialista: la crítica doméstica.

Nosotros, que consideramos no sólo el debate necesario sino que nos manifestamos contrarios a todo vestigio del viejo mundo, hemos observado que nuevos fenómenos autodenominados gratuitamente como revolucionarios pretenden buscar el cambio del mundo apoyándose en la perpetuación de la miseria en vez de tratar de destruirla. Desafortunado debate el que quizás pretenda generar un libro como “la miseria del feminismo” cuya autoría aparece como anónima, ante lo cuál incluso dudamos sobre si es autor o autora. El anónimato –a falta de otra forma mejor de marketing- envuelve el producto en una mística de la rebelión pero, en este caso, nos lleva a pensar que difícilmente sea una mujer quién haya podido escribir un texto tan erróneo como virulento. Pero esa virulencia, que desea ser extendida hacia todo lo que de viejo mundo existe hoy, está tan mal dirigida en el mediocre texto que la convierte en reaccionaria, en absurda, en fácilmente refutable.

Tras un discurso radical se esconde una misoginia que considera que “la violación es básicamente la triste venganza de una víctima, la empresa de un pobre hombre”. De esta forma se victimiza al agresor, quién pasa a ser “un pobre hombre”. Sobre la violación –continua- se dice que “ésta no pude tratarse con juicios morales, sino con la creación de condiciones que permitan la armonía de los deseos y que no empujen a las personas a un callejón sin salida. En ciertas condiciones cualquiera puede cometer un asesinato”. El crimen, como concepto casi teológico, es tan variado que difícilmente dos asesinatos puedan tener una identidad de motivos, por lo que el ejemplo expuesto es tan nefasto como maliciosamente manipulable. No se trata de excusar pero si de explicar que alguien puede matar por una barra de pan o acabar con un empresario tras despedir a su familia, pero que, en absoluto su situación es comparable a la de una violación. En el caso de la violación el agresor agrede la integridad física y la intimidad de la persona. Es la aplicación de una violencia que es tolerada por buena parte de la sociedad o, lo que es lo mismo, el violador y el agresor son el resultado de una cultura que aún mantiene vivos los valores que permitieron esta situación. Para este tipo de poesía revoltosa –que no de la revuelta- según la cual “no parará nuestro disturbio salvaje y placentero, nuestra guerra extática (de éxtasis) contra todas las fuerzas del orden. El caos de nuestros deseos, la pasión por vivir todas las posibilidades y la vida al máximo, surgirán a la luz del día, como una sombra brillante eclipsando toda forma de orden”, el violador es una mera víctima, un hombre robotizado al que la miseria de la vida conduce de forma obligatoria al acto brutal y la mujer violada es una cuasi histérica embarcada en una “cruzada anti-hombres” que colabora con un sistema de justicia burgues al denunciar y exigir una pena. Manifiesta el autor/a su desconocimiento cuando considera que todos los agresores se hallan movidos por un irrefrenable deseo de violencia, es decir, los convierte a todos en locos patológicos y, de esta forma, les exime de la responsabilidad de sus actos haciéndolos recaer sobre una sociedad que debe ser la responsable. Esta “sombra brillante” y este “disturbio salvaje” parece preocuparse más por descargar las culpas de la violencia machista en las feministas que por frenar a los agresores. El problema es el aquí y el ahora, puesto que se requiere, en primer lugar, la defensa física de la mujer agredida y, por otro lado, dadas las causas que la han mantenido en una flagrante desigualdad económica con respecto al varón, no condenarla a la precariedad y la indigencia. Difícilmente un revolucionario valorará de igual medida un robo o un hurto, que se dirigen a procurarse unos niveles determinados de vida, que una agresión sexual. En el primer caso, las condiciones económicas que conducen a la desigualdad social -como enfermedad del mundo- hace que haya personas que decidan robar, pero en la violencia de género se trata de afirmar una situación de poder sobre quienes se consideran más débiles. Ni tan siquiera dos robos son movidos por idénticos motivos. En estos casos, muchas veces “el pobre hombre” aplica una dosis suficiente de violencia para dejar claro quién es quién y que papel deben asumir. Este sadismo se efectúa de manera calculada y conscientemente, lo que no excluye que luego se manifiesten sentimientos de supuesto arrepentimiento. Las feministas –todas equiparadas, según el libro, por igual dentro del barco que mantiene a flote al viejo mundo- son las causantes de que la mujer no se rebele contra todo el orden social.

Pero, para nosotros, el tiempo de la reconciliación, del prójimo que merece ser corregido, no es éste o, cuando menos nunca partiendo de esta consideración victimista del violador. El violador no es una víctima sino el resultado de la miseria social existente, un producto hipermasculinizado de todo un modelo de explotación y violencia sobre los individuos y, en especial, sobre las mujeres. Esta consideración es de tanta importancia que su omisión nos puede llevar a confundir el asunto. Esta lógica -omitida por el autor/a del libro- pretende ser resuelta con propinar “una paliza” al agresor. Es entonces cuando el discurso espectacular se torna en dramático porque no se tienen otras armas. Una vez más, se muestran armas –la de la autodefensa física- que rara vez se aplican y, menos aún, a manos del movimiento revolucionario. A lo sumo, la mujer desesperada es la que decide matar o morir, a solas porque se siente sola. Nuestro deseo es que en cada pueblo existieran rote zoras dispuestas a la acción directa pero la realidad hoy es bien distinta. Negarle a un trabajador reclamar legalmente sus salarios impagados bajo el pretexto de que ello supone colaborar con el orden judicial burgués es una arrogancia hacía los dramas que cada cuál vive y decide. Esperar a que los animalistas liberen a todos los animales explotados en los campos de concentración del especismo, que todos los seres humanos del planeta se nieguen a usar y consumir carne, y negar que cese legalmente la vivisección –por ejemplo- supone permitir que hoy se siga manteniendo esa matanza. Por supuesto; el problema es bien otro, pero ¿a qué o quienes decimos defender? ¿a nuestra propio ideal revolucionario o a los que hoy exigen mitigar el sufrimiento y, en su caso, no morir?. En este sentido nos plantea preguntarnos cuales son las formas de autodefensa que hoy -este tipo de “ideólogos/as antifeministas de la victimización del violador”- nos ofrecen, toda vez que “La miseria del feminismo” nos llega a decir que una sentencia de prisión para un violador “es una villanía tanto como la violación”. Mas bien parece propugnar el apretar los dientes y esperar a que llegue la “autogestión generalizada”. Pero el “disturbio salvaje” está aún tan lejos como radicalmente ajeno a la gente. “Todas estas tensiones se dispersan rápidamente en la verdadera lucha social” nos dice el libro…habría que preguntarnos donde está hoy esa “verdadera lucha social” y sobre que líneas de trabajo por y para las mujeres se manifiesta, adonde hay que acudir para que esas “tensiones” (tensión es lo que, para el autor/a, es el patriarcado y la miseria existente) se “dispersen rápidamente”.

La mujer violada tiene el derecho y la legitimidad de defenderse del violador con todas las armas que tenga a su alcance porque es su propia vida y su dignidad la que está en juego, al igual que un preso tiene toda la legitimidad por exigir ser trasladado lo más cercano posible a su comunidad social o para exigir morir fuera de prisión. Pero este tipo de decisiones le corresponden a ell@s mism@s y no a quienes juzgan la violencia desde el tejado. Este tipo de perspectiva no lleva, evidentemente, a considerar que con una sentencia contra un violador se esté en el camino de la destrucción del patriarcado, porque para nosotros el problema es mucho más amplio. El problema del patriarcado requiere la destrucción completa del viejo mundo. Difícil concepción de la sexualidad y de la libertad y el uso de ésta cuando se dice que “la violación es una expresión de la sexualidad, pero de una necesidad sexual que aún tiene que ser satisfecha” y que llega a insinuar –si leemos el sentido de las palabras tras la retórica radicalmente reaccionaria- que una mujer que se viste de forma provocativa está generando una variedad de situaciones pero desea excluir alguna de éstas (la violación y la agresión). Es decir, potencialmente, “genera” el peligro, lo asume pero quiere excluir esos otros desagradables resultados. La misoginia se confunde con el antipatriarcado y culpabiliza a las mujeres de ser tan “ingenuas” como para olvidar que un violador es alimentado por un escote amplio. En este sentido, también podría estimarse que el color oscuro de nuestra piel puede “provocar e incitar” a la violencia racista. La solución: ¿no exponerse?. Las mujeres no son la causa. En esta revuelta mental que no lleva a ningún lado -más que a reafirmar la ideología culpabilizante de la violencia sexista- la violación se considera una opción sexual más, un hombre con ganas de más, sitúa al agresor junto al mero pervertido, a un ser insatisfecho sexualmente. Pero su odio es más intenso que el del mero polvo ya que se apoya en una violencia que siente hacia las mujeres y que lo conduce a justificar y aplicar la/su violencia con el beneplácito de un sistema que lo excusa. El problema es, por lo tanto, bien distinto y está a miles de kilómetros de la visión del libelo. El problema es que no hay tiempo que perder y se trata de no perder el rumbo personal e ideológico. El problema es que hoy, ante un futuro que deseamos que venga, negarle a una mujer violada la posibilidad de denunciar, de buscar el apoyo en grupos, de calificarla de “cómplice” y desprestigiar el trabajo duro que muchas casas de acogida y grupos de mujeres están haciendo con las mujeres, supone un discurso que pretendidamente revolucionario, se hunde en la critica reaccionaria y no merece mayor atención que aquella que se dirija a refutarlo.

SPIP | esqueleto | | Mapa del sitio | Seguir la vida del sitio RSS 2.0