Muerte a la especialización del saber

Jueves 5 de noviembre de 2009, por la felguera

En Mayo del 68, los estudiantes incendiaban París para crear una nueva utopía, para ser más, mucho más. Los estudiantes eran el nuevo impulso de la historia, la nueva fuerza destructora de lo rancio y la crítica superficial de las condiciones de vida.

Poco tiempo después, los que antes eran revolucionarios, se cambiaron a la política del despacho, de las palabras vacías; otros engrosaban las filas de la especialización, de los conocimientos aplicados (aquellos que no llegan más allá de su ombligo). Estos cerraban un ciclo, el del desarrollo de una vida académica que ahora se dirigía a no salirse del camino del aburrimiento.

¿Qué es hoy una Universidad? Fundamentalmente, una fábrica de parados, de especialistas, de eso que llaman un “intelectual”, de aquel que está iluminado por el saber y que es capaz de tener una opinión informada sobre cierto tema. Una Universidad es un lugar en donde rigen las notas, la competencia, el sacar una nota más alta que la otra, el saber limitado a una parcela mínima, que en un futuro será la posibilidad para el aburrimiento institucionalizado que es el trabajo asalariado.

Las posibilidades liberadoras de todo saber se convierten en proceso de esclavización cuando el saber se pone al servicio del desarrollo de un sistema económico, en exclusiva en términos de optimización. La universidad nos hace esclavos si no somos capaces de ir más allá de ella, de ver su carácter teleológico, el fin que está detrás, en manos de quien está y en manos de aquellos que dicen defenderla de los que la manejan… Si la Universidad no es más que una cuestión de poderes, entonces se confirma la hipótesis de que toda Universidad no es más que una nueva forma de autoridad, un nuevo modo de Estado, de rebajar la autonomía que todo individuo tiene sobre su futuro.

Sólo el que se dirigirá a ganar dinero tendrá estatus de privilegio ya cuando empiece su camino de burócrata al servicio del aburrimiento organizado. Nunca nadie fue igual que otro, por eso se piensa que lo abstracto es el principio de toda igualdad, cuando la igualdad es el reconocimiento de la diferencia. La Universidad actual, en su sistema de estudio, no reconoce ésta autonomía. Todo sigue igual que cuando pisamos por primera vez una escuela cuando éramos muy pequeños. El trabajador asalariado es la representación de la muerte de toda creatividad humana; y esa muerte se representa igualmente en el infantilismo de los exámenes, de las cátedras, de los doctores honoris causas, de las “eminencias”… Aquí también se olvida que los uniformes y las relaciones de superioridad son el verdadero impedimento para la verdadera ilustración, la del terrorismo poético, la del desarrollo de que lo que se teme…

Nada quedará liberado hasta que no haya un individuo por encima del otro, hasta que en todos los soportes de relaciones sociales no quede ni un vestigio implantado de superioridad, de autoridad, de patrias ni fronteras, de Estados ni capitales múltiples, hasta que no reine la ley de la mercancía, del estúpido fetiche de la cosa sobre lo real, que siempre está en movimiento…

Para llegar a la verdadera liberación, para liberar tu universidad, quémala del modo que más te guste…

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