Negar a los negadores

Panfleto en defensa de la crítica crítica

Jueves 5 de noviembre de 2009, por la felguera

“Los verdaderos dadaístas están contra dadá” Tristan Tzara, Siete Manifiestos

No pretendemos engañar a nadie y menos a nosotros mismos. Nos encontramos ante el peor de los escenarios posibles para presentar batalla contra lo existente. Ante tal perspectiva, la complacencia de quienes se reclaman críticos con la realidad no deja de sorprendernos. Hoy, lo anti no deja de ser, en la inmensa mayoría de sus expresiones, un gesto tan estéril como espectacular. Es el reflejo de su enemigo natural: lo pro. Ambas posturas, ilusoriamente antagónicas, viven fuera de este mundo: en el reino de lo aparente, de un pasado que se anhela como una vaga repetición. Cierta forma de contestación es hoy tan necesaria para el buen funcionamiento del sistema como el trabajo de sus más fieles partidarios.

Nos encontramos en la situación de tener que criticar a los críticos sin piedad alguna definiendo de un modo certero el anquilosamiento de sus teorías y la ineficacia de su práctica. Ante esta diatriba no esperamos que nadie nos siga, no queremos partidarios, sólo pretendemos reavivar las llamas de la crítica y ser los primeros en lanzarse a la batalla, aunque seamos también los primeros en perecer bajo su fuego.

La crítica crítica no avanza en los ambientes antiautoritarios, en donde tan sólo gobierna una espesa sombra democraticamente real. Es más, es ya su sombra, porque las copias sobreviven a los originales en el mundo moderno. El consenso se ha logrado a costa de olvidar formular preguntas incómodas, aquellas que provocan vértigo al comprobar la magnitud de las fuerzas del enemigo contra el que se lucha. Esas preguntas, lanzadas como aristas que cortan, son las únicas que nos permitirán tomar nuevas fuerzas, reagruparnos y rearmarnos sobre las ruinas de un pasado que es mucho más que una sucesión de hechos y causas. No basta con leer, hay que impugnar y erotizar las ideas.

Hoy, un sector de los anárquicos e izquierdistas han salvado la democracia: todos piensan igual, nadie disiente de los dogmas de fe asumidos por todos. Sin desafiarnos a nosotros mismos la empresa del reto a los hombres y sus ciudades es un imposible, un absurdo, el mayor de los aburrimientos. Y peor (aún): todavía hay quienes confían su acción bajo el paraguas de lo “escandaloso”. El gesto del actvista que alarmado se echa las manos a la cabeza tras la lectura de una noticia en donde se informa que una estafa inmobiliaria ha sido descubierta, un gobierno que declara su bancarrota o de unos soldados que han sido detenidos y procesados por crímenes atroces, encierra en sí mismo un mal más atroz, si cabe. Bajo el adjetivo de “escandaloso” se esconde el pretendido intento por salvaguardar el orden y entregar un balón de oxígeno a un mundo que se dice impugnar. La constatación de la monstruosidad de un sistema que no provoca accidentes por su mal hacer (gestión pública, según el ciudadanismo) sino que éste es el accidente, implica que las cosas deben ser radicalmente transformadas. Esa vasta empresa -una utopía en el sentido más ambicioso de la palabra- se le presenta al activista como un imposible. Anuncia, de este modo, su incapacidad. En el fondo, desea ver su sueño siempre casi cumplido porque ha renunciado al terror y la revolución, a la revolución anárquica total.

“No hay ningún mundo, en el sentido que la mayoría de nosotros vivimos en un mundo que ya ha sido destruido” Leonard Cohen

Lo “escandaloso” genera la ilusión de que las cosas pueden volver a ser como antes, justo en el momento anterior al café y el periódico, a la lectura de aquella terrible noticia. La farsa se mantiene y el sistema se retroalimenta cada vez que se insta a todos los poderes del Estado y las instituciones económicas a entrar en el campo de lo moral y a dedicar sus esfuerzos a la depuración. En última instancia, se exige un código ético que se sabe (por supuesto) que más temprano que tarde será roto. El activista, llegados a este punto, cree en la regeneración moral y que otro mundo (no excesivamente alejado al que se dice impugnar) es posible. Y no se equivoca: es posible.

Tan sólo estamos apuntando algunas miserias para que la crítica crítica avance. No obstante, el salto debe ser aún mayor, más feroz y valiente. Hay que apuntar más alto. Todo lo demás (militar por militar en colectivos, las tediosas manifestaciones conmemorativas, las asambleas jerarquizantes en las que nada se discute, el recitado de memoria citas de Kropotkin o Debord, la defensa a ultranza de lo políticamente correcto, el hecho de confundir un sano sentido del humor con su ausencia…) no es otra cosa que la más estéril de las ilusiones, el folklore revolucionario propio de los foros sociales y el gueto, la inacción que pretende revestirse de acción y que sólo sirve para autojustificarse igual que el funcionario estatal que hace que trabaja para recibir la aquiescencia de sus jefes. Polvo sobre el lodo. Hay que superar la ideología y los –ismos. Esta superación no implica su impugnación sino el robo, el plagio y, en un último momento, el desbordamiento radical mediante la praxis de las teorías revolucionarias que han sido nuestra propia historia. Si aún hoy hemos de (re)interpretar los textos de Marx o Debord es que el mundo no ha sido transformado. Nuestra aspiración, por lo tanto, reside en que el futuro no interprete sino que haga, que la idea se plasme en unas ciudades en las que marchemos con “nuestros sucios vestidos en vanguardia” (Rimbaud).

El militantismo pasea su mirada hacia un pasado que, como una suerte de belle epoque, hoy ha desaparecido. Es nostálgico y, por lo tanto, poco podemos esperar de éste quienes miramos hacia el futuro en la creación de paisajes de guerra y de situaciones sin posibilidad de retorno. Tanto la ensoñación con el antiguo cenetismo, como con el segundo asalto proletario a la sociedad de clases, carecen de un contexto actual. Las razones de este extrañamiento son tan numerosas como para poder ser abordadas en este texto. Estos movimientos que desbordaron al movimiento han sido productos de la historia pero son ya historia. Tal afirmación no invalida en modo alguno estas maravillosas experiencias, pero hoy precisamos de nuevas estrategias y nuevos escenarios, es decir: nuevas armas.

“¡A lo viejo, matarlo! ¡De los cráneos haremos ceniceros!” Mayakovski

La crítica crítica se expresa hoy como una ausencia. Es tan difícil encontrarla como la disidencia dentro de la disidencia. Pero sabremos reconocerla, pues será convulsiva o no será.

Negar la negación es impugnar ese mundo que sobrevive a costa de mantener la ilusión de la disidencia porque esta dictadura ineficaz en la que vivimos opera sobre un contexto de guerra y aniquilación. Afirmación y negación jamás superan hoy sus propios límites y, cuando lo hacen, los poderes responden con la violencia. Deberemos operar como sin querer, pero sin tregua.

No todo invita al desaliento. Al norte y al sur, al este y al oeste hay signos que anuncian que hay rupturas que vendrán y cuya magnitud no podemos predecir. No obstante, una cosa es segura: el fuego no será como antaño y los modos de lo anárquico se situarán en las antípodas de la ortodoxia. Estos hechos nos pondrán, sin lugar a dudas, a prueba. ¡Que se preparen aquellos que aún confían en el antiguo sujeto revolucionario!. El amante del fuego en la periferia de las grandes ciudades francesas ya ha negado a los negadores. No con sus palabras pero sí con sus hechos. Y ello sin que sea consciente de su impronta. La luz que exhalan las mercancias quemándose y, entre éstas, los símbolos de la modernidad y las ciudades (coches y centros comerciales), ha cegado a los izquierdistas, quienes han sido incapaces de comprender el significado del acto destructor. En Francia los revolucionarios han mirado hacia otro lado ¿y aquí? ¿qué haremos cuando la situación nos desborde? A la derecha se ha generado su lógica reacción: primero la criminalización gracias a la prensa y, posteriormente, la represión. Pero a la izquierda la reacción no ha sido menos previsible. Negando cualquier lección ha omitido el hecho de que esos “gamberros y vándalos” han visibilizado el fracaso del sistema mejor que los herederos de Marx y Bakunin.

Es el momento de chocar, avanzar, morir. Necesitamos nuevos escenarios, nuevos sujetos, gente con la suficiente habilidad que vea la recuperación antes de que esta se muestre. Necesitamos anticipadores. Perros de presa que destruyan el mito de la acción por la acción que, en definitiva, es una forma de autojustificarse, de demostrar mediante lo ineficaz (pero vistoso) que el problema es de otros.

Caeremos, entonces, arrastrados hacia el infinito y más allá, sin frenos visibles que serán desafiados desbordándolos en cada esquina, indagando las posibilidades de vivir en eso que un día se llamó “habitabilidad”. Somos el último vestigio, los más hermosos testigos de la hecatombe.

¡Anárquicos, un esfuerzo más si queréis llegar a serlo!

Colectivo La Felguera - Comité Madrid

(*) Texto distribuído por La Felguera con ocasión de la IV Feria del Libro Anarquista de Madrid en el mes de noviembre de 2006.

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