Con motivo de la V Feria del Libro Anarquista de Madrid, la organización de tal evento ha considerado oportuno habilitar un espacio y un tiempo para realizar una puesta en común de este texto, entre todos aquellos compañeros que lo deseen, para su discusión. Para ello, ponemos a disposición de quien lo estime necesario este documento con carácter previo.
1.- Introducción: discutiendo “sobre el terreno”.
En los últimos meses se han llevado a cabo en todo el Estado diferentes movilizaciones para “denunciar las dificultades que existen a la hora de acceder a una vivienda digna” (de aquí en adelante, haremos uso de distintas citas y comunicados escritos por el propio Movimiento contra la Precariedad y por una Vivienda Digna que señalaremos mediante entrecomillados). No pretendemos realizar aquí un estudio detallado de las causas de este problema y de los numerosos factores que intervienen en la cuestión, factores de carácter económico fundamentalmente, pero en absoluto los únicos. No es que no nos interesen, todo lo contrario. Pero creemos que también es urgente y necesario realizar una crítica del movimiento que ha surgido a partir de esta cuestión. Se puede y se debe criticar muy duramente el planteamiento teórico y práctico que se ha impuesto y que ha reducido todo a una cuestión de peticiones y reclamaciones de “derechos constitucionales”. Con ello, y ya lo podemos adelantar, toda acción queda limitada por su propio carácter de instrumento de presión, pues el objetivo es únicamente “ser escuchados” por las instituciones en una concertación que ya, a priori, se presenta como falsa, toda vez que no se hace a partir de un espacio o lugar común de discución entre iguales. Es, por tanto, un diálogo con el poder y ese diálogo no hace sino legimitar ese poder y reforzarlo.
El derecho a la vivienda pasa a ser una aspiración reconvertida en derecho básico y este enunciado desvela cuál es su verdadero protagonista: el Estado presentado como un ser malvado, es ahora benefactor. El Estado —el propio sistema que ha usurpado toda posibilidad a causa de la carestía, la apropiación masiva del suelo y la exclusión social— es quien otorga y sanciona, quien tiene la primera y última palabra. Es una cuestión de control, de quién lo ejerce y de quién, por supuesto, termina por imponerse en cada momento histórico. Más concretamente, el Estado no otorga en su sentido estricto por cuanto el derecho a una política social orientada a hacer posible el derecho a la vivienda está recogida constitucionalmente, sino que lo que hace es reactivar aquello que hasta entonces era tan sólo algo virtual. De pronto, la legalidad se cumple. Pero, ¿y antes? ¿Cómo se podría calificar esta situación? Y en esta época histórica, los propietarios no se impondrán por la fuerza de las armas, sino por desarmar a esa fuerza: integrándola. Pero antes ni tan siquiera deberán alcanzar un acuerdo con el Estado, porque ellos son la economía, ellos son el Estado, no como una abstracción, sino como una auténtica realidad.
En la cuestión de la vivienda convergen muchas de las razones que nos llevan a impugnar el capitalismo y la organización de la vida que impone y que supedita ésta a criterios ajenos en los que los individuos y la colectividad —entendiendo ésta como comunidad, como gente que comparte un espacio común— no tienen nada que decir y deben tragar con todo, aunque vaya en contra de sus intereses, sus deseos e incluso su propia vida, en beneficio de un supuesto bien superior —la economía, el Estado, el progreso—. Esta lucha es de una importancia vital, pues «apunta al centro del sistema» y «si eliminan los escollos ecologistas y ciudadanistas que las contaminan pueden crear el terreno propicio para la unificación de reivindicaciones particulares y universales y desde allí impulsar formas de vida no consumistas y asentar una nueva conciencia de clase» (Miguel Amorós: “A mis amigos rusos y polacos”).
2.- El derecho a la ciudad.
El derecho a la vivienda esconde una pretensión más necesaria; aquella que incide en un malestar generalizado y anticivilizatorio: el derecho a la ciudad. Organizando la vida en cubículos de treinta o cien metros —da igual— la ciudad se nos niega porque es el reflejo de un modelo que debe ser barrido por completo. Construyendo una vida que nos traslada del trabajo a la casa y de la casa al trabajo, o del trabajo al ocio alienante, no quedan espacios para la vida en esta ciudad, salvo que se subvierta la cartografía. Esta subversión de la vida no pasa por un urgente cambio de decorado, sino por un contexto de radicalidad tal que no permita mirar hacia atrás. Lo insoportable ya empieza a ser percibido cada vez más por mayor número de gente, porque cuando tengan sus medios derechos, tendrán entonces su media vida y, por consiguiente, su media felicidad, abandonando el resto, lo más importante, aquello sin cuya existencia nada podrá ser pleno. Comprobarán entonces, desilusionados, que el resentimiento hacia la clase media o hacia los propietarios, no elimina la alienación del mundo moderno. El problema, por tanto, no es —o no sólo es— que no podamos acceder a una vivienda “digna” porque los precios son prohibitivos y nuestros sueldos paupérrimos, sino que hay que ir más allá y plantear si se puede tener una vida digna en el marco de esta ciudad, espectacular y ajena. Al parcelizarse y reducir todo el problema a una cuestión meramente económica, de simple acceso a viviendas más baratas, esta lucha se pone una venda en los ojos y evita ir más allá, se limita a sí misma, puesto que no se puede plantear seria y radicalmente la cuestión de la vivienda sin criticar las bases mismas sobre las que se asienta la propia ciudad, el urbanismo y la vida cotidiana que se desarrolla en su marco. Y esta crítica no es sino la crítica del capitalismo.
El control policiaco se ejerce de una forma absoluta: control del espacio de la ciudad, control del espacio de existencia, control de lo político. En este marco, el capitalismo reproduce su propio espacio de acción: especula con los bienes que ha puesto previamente en circulación al fluir la necesidad de la vivienda con un valor de cambio concreto. La vivienda, entonces, no es la infraestructura natural de los seres humanos para su supervivencia, sino es la desposesión última de la existencia alienada. Todo es mercancía. Nos han quitado no sólo el sueño sino los sueños. La vivienda, igual que un televisor, cotiza porque fluye dentro de una estructura. Habrá que derribar esa estructura.
“¿Cuál es para el poder, desde hace un siglo, la esencia de la ciudad? Es fermento, cargado de actividades sospechosas, de delincuencias; es hogar de agitación. El poder estatal y los grandes intereses económicos difícilmente pueden concebir estrategia mejor que la de desvalorizar, degradar, destruir la sociedad urbana.” (Henri Lefebvre)
La ciudad siempre ha sido un lugar sospechoso para el poder: en ella habitan todos los deseos y se hallan los momentos y lugares privilegiados para gozar de lo lúdico; en sus calles se podía encontrar hasta hace muy poco ese sentimiento de pertenencia a un “lugar” y de auténtica comunidad que fue siempre el germen de resistencias y revoluciones; en la ciudad la normalidad se disuelve y las conductas “desviadas” encuentran un lugar privilegiado para realizarse en el seno de la masa anónima; y era también en la ciudad donde cabía esperar lo imprevisible, lo “mágico”, lo desconcertante, aquello que podía trastocar la vida y cambiarla. Es por ello que una de las principales estrategias del poder haya sido siempre controlar la ciudad, destruir su tejido social por medio de la separación absoluta entre las personas que viven en ella y entre éstas y los lugares que habitan, en definitiva, convertir la ciudad en un no-lugar estéril, vacío y previsible donde nada puede ni debe ocurrir. Así, día a día contemplamos como la ciudad es destruida de forma acelerada, desintegrándose los pocos fragmentos que aún quedan de solidaridad, de comunidad, de vida compartida y disfrutada en sus calles y barrios. Mientras, una vasta operación de camuflaje trata de hacer pasar la continuación de la degradación de las condiciones de vida y la expansión del miserabilismo a todos los rincones por un mejoramiento de nuestras vidas. Políticos, constructores, empresarios, técnicos, arquitectos, periodistas, burócratas y también —y cómo no— el partido del Estado, “los ciudadanistas” todos trabajan por un mismo fin: tratar de convencernos de que la destrucción que se lleva a cabo en la ciudad con el fin de acabar con cualquier rastro de vida libre es, además de inevitable, ventajosa para nuestras vidas. Si renunciamos a nuestros sueños y deseos de felicidad y nos prestamos a colaborar, podremos aspirar a gozar de una vida cómoda y segura en la nueva ciudad de la imagen, la tecnología, el ocio y las comunicaciones.
¿Qué es lo que nos ofrecen? Nuevas infraestructuras que nos permitirán llegar más rápido a los centros de trabajo donde nos dejamos la vida, a menudo literalmente. Nuevas alternativas de ocio donde pasar el poco tiempo libre que nos dejan realizando actividades pasivas de las que la imaginación, el juego, la alegría, el azar y la amistad han sido desterrados. Nuevos y sofisticados gadgets tecnológicos sin los que —nos dicen— ya no podemos vivir, pero que, lejos de haber mejorado nuestras vidas, las han empobrecido haciéndolas más aburridas y predecibles. Nuevas formas de comunicación que sólo contribuyen a aislarnos más, a separarnos —aunque afirmen lo contrario— de aquellos y aquellas a quienes amamos. Ni siquiera nuestros hogares son ya un refugio. Se ha dicho de nuestra época que una de las características que mejor la definen es que el tiempo de ocio y el de trabajo se han asimilado, haciéndose equiparables: «Cuando trabajo y esparcimiento se asemejan cada vez más en su estructura, más estrictamente se los separa mediante invisibles líneas de demarcación. De ambos han sido excluidos el placer y el espíritu. En uno como en otro imperan la gravedad animal y la pseudoactividad.» (Theodor W. Adorno: Minima moralia. Reflexiones desde la vida dañada). Lo mismo puede decirse del espacio: la casa cada vez se asemeja más a la oficina. El espacio doméstico es cada vez más frío e impersonal. El mobiliario de diseño a bajo coste —tipo Ikea— que se ha impuesto reproduce la asepsia, la uniformidad e impersonalidad de la oficina; no sólo no dice nada de la persona que allí vive, sino que su carácter “intercambiable” con el mobiliario de cualquier otra casa e incluso con el de la oficina, la sala de espera del médico o la sede de Hacienda es en sí mismo un indicativo de la época en la que vivimos, parece querer decirnos que no importa dónde se esté ni lo que se haga, pues ya todo es lo mismo. Los innumerables gadgets y aparatos tecnológicos que llenan la casa son, por un lado, otro efecto de la asimilación del hogar con el lugar de trabajo —ambos saturados de tecnología y vacíos de humanidad, de sensibilidad, de belleza— y, por el otro, del nuevo ocio, solitario, aislado de los demás y del entorno, en una palabra: autista; se da así la curiosa paradoja del oficinista que llega a casa cansado de pasar ocho horas delante del ordenador y enchufa la pantalla de su ordenador “personal” para pasar otras ocho horas conectado, eso sí, ahora disfrutando de su tiempo de ocio.
