El desasosiego que se siente al despertar una mañana y, al mirarse al espejo, ser plenamente consciente de que nada –o casi nada– hay que pueda permanecer ajeno a la mercancía, pues todos, incluidos aquellos que nos hemos declarado en guerra abierta contra su dictadura, estamos sometidos cotidianamente a su silenciosa pero implacable dominación, provoca un shock tan brutal como el que se experimenta al escuchar el estruendo producido por el revólver percutido sobre la sien. Pero es necesario apretar el gatillo sin miedo, pues sólo así podremos, al contemplar nuestro cadáver yaciendo en el suelo, despertar verdaderamente del sueño provocado por la manzana envenenada que nos ofreció el Capitalismo.
Nada hay ya que pueda asombrarnos. Sólo un ingenuo o un cínico podrá llevarse las manos a la cabeza, llorando y maldiciendo, al toparse con lo excepcional, lo indecible o lo monstruoso, como si esto no fuese la norma, como si fuese algo más que una rutina sorda a cualquier lamento. Se me acusará de pesimista, pero… ¿cómo no serlo? Basta echar una breve ojeada al mundo en el que vivimos para hundirse en él. Cómo no ser pesimista al comprobar la supeditación de la vida a la Economía, hasta tal punto que lo que comemos, bebemos y respiramos ha sido transformado de modo irrevocable, depauperándolo para someterlo a los criterios de la máxima rentabilidad económica, sin importar que eso nos mate poco a poco, cuando no de forma instantánea. Cómo no ser pesimista cuando ya no hay lugar al que escapar, ni siquiera con la imaginación, si hasta la luna han mancillado con sus banderas y sondas científicas y, después de convertir en mercancía hasta la última piedra, brizna de hierba y gota de agua de la Tierra, ahora también tratan de vendernos una estrella a la que poner nuestro nombre o un viaje recreativo a una estación espacial desde la que ver este planeta que devastan a diario.
Cómo no ser pesimista cuando ni nuestro propio tiempo nos pertenece, aunque nos digan lo contrario mientras nos uncen al doble yugo del ocio y del trabajo, tan mísero, embrutecedor y dañino uno como el otro. Cómo no ser pesimista cuando el Estado y la Economía pueden regular hasta los aspectos más íntimos de la vida –y puede que dentro de poco hasta los fundamentos últimos de la misma–, revistiendo ese dominio con el manto del progresismo para esconder la realidad: que nada quede fuera de su control y todo tenga un precio. Cómo no ser pesimista cuando a diario comprobamos lo que vale una vida si choca con los intereses de ese progreso que aseguran traerá el “bienestar de la humanidad”: nada, pues una vida humana no vale nada para Ellos, no es otra cosa que combustible con el que seguir alimentando la máquina, ya se trate de los daños colaterales de un bombardeo en Iraq, de las víctimas de un accidente en alguna fábrica de productos químicos en cualquier remoto lugar de lo que llaman el tercer mundo o de los miles de cadáveres que cada fin de semana se pudren sobre el asfalto de este primer mundo. ¿Acaso deberíamos parar el progreso, nos dicen, porque unos cuantos caigan aplastados bajo sus ruedas? ¡Desde luego que no!, responderán seguros de sí mismos.
Así pues, ¿cómo no ser pesimista? ¿Y cómo no revolverse ante el peligro cierto de que aquello que entendemos como irrenunciable, como último baluarte de nuestra libertad –el amor, la sensibilidad, los deseos, las pasión, la capacidad de soñar e imaginar- pueda llegar también a sernos arrebatado y sustituido por tristes sucedáneos? ¿No habrá ocurrido esto ya sin que nos diésemos cuenta? Creo que todavía no, al menos no del todo, y que todavía podemos, a pesar de las adversidades, no sólo evitar que esto suceda, sino también recuperar todo lo perdido e ir mucho más allá, hasta lograr apropiarnos del control absoluto de nuestras vidas y cumplir todas las expectativas y posibilidades que nos ofrece ésta. Nuestra derrota no es definitiva, pero puede llegar a serlo. Tenemos que empezar a ser conscientes de que el tiempo corre en nuestra contra. La realidad nos obliga a ser pesimistas, no serlo es vivir de espaldas al mundo, creer todavía en cuentos de hadas. A quien no se conforma con el miserabilismo al que estamos sometidos no le queda otro remedio que ser pesimista. Pero este pesimismo debe estar muy lejos de cualquier fatalismo, no es un pesimismo vital, sino un pesimismo crítico que se afirma insumiso frente a las condiciones que nos vienen dadas y cree posible, y más que necesario, cambiarlas. El pesimismo crítico ha de ser activo, tenemos que ser más rápidos y astutos para acortar la ventaja que nos lleva el enemigo. Ése es su valor. Debemos organizar nuestro pesimismo y para ello es necesario echar la vista atrás y descifrar en el pasado algunas claves del presente, pues el mundo en el que vivimos es resultado de un pasado que nos ha sido enajenado.
El progreso no progresa
“No se trata de conservar el pasado, sino de cumplir sus esperanzas. Hoy, sin embargo, el pasado se prolonga como destrucción del pasado.” Max Horkheimer y Theodor W. Adorno
La poliorcética nos enseña que para tomar al asalto una fortaleza hay que estudiar concienzudamente como se edificó, descubriendo sus puntos débiles para concentrar en ellos el fuego de artillería. El estudio de la historia debe desempeñar ese papel para el pensamiento crítico. Hay que concebir el pasado como algo más que una sucesión de hechos y causas, rastrear los restos del incendio sobre cuyas cenizas se ha construido la fortaleza que ansiamos demoler. Para llevar a cabo esta tarea crítica es necesario ser conscientes de que la historia, entendida como la historia de la lucha de clases o, si se prefiere, la historia de los avances y retrocesos del ser humano por conquistar su libertad, se compone de una serie de derrotas que son las que han dado lugar a esta realidad que queremos destruir. Asumir y aprehender esas derrotas, esto es, arrebatárselas al vencedor que se las ha apropiado como trofeo de guerra, es el camino para la superación de las condiciones que nos han marcado, empezando a rearmarnos para una nueva batalla. Sin embargo, lejos de esa mirada crítica al pasado, a menudo sucede que aquellos que se reclaman enemigos de lo existente conciben el pasado con nostalgia, glorificando las luchas del pasado y llorando amargamente sus derrotas, limitándose a anhelar aquello que pudo ser y no fue. Temen implicarse en él, pues esto puede llevar a sacar conclusiones incómodas. Por eso prefieren concebirlo como un corpus cerrado en cuyas páginas poder encontrar siempre las palabras que les reafirmen en sus propias teorías, aunque la realidad diste de acomodarse a esas teorías. Esta ideologización de la historia despoja al pasado del bien más preciado que nos ofrece: la esperanza de redención fundada en la enseñanza de que “el «estado de excepción» en el que vivimos es la regla” (Walter Benjamin, “Tesis sobre el concepto de historia”, § VIII). Asumir plenamente este enunciado nos obliga a repensar la concepción que tenemos de la historia y del papel que le corresponde en ella a la crítica. Pues, si la regla no se ha roto, es que el «estado de excepción» sigue vigente. Y, desgraciadamente, esto es así, incluso es más cierto hoy que nunca. Sobran los ejemplos que lo confirmen, los sufrimos a diario. Por ello debemos preguntarle al pasado por qué esa regla sigue siendo todavía válida, aunque las respuestas que nos ofrezca no nos gusten y nos golpeen con violencia.
Hay que cuestionárselo todo y quizás debamos empezar a pensar que el pasado no es lo que era. El presente que vivimos no se funda en el fracaso de ese proyecto histórico que se marcaba como objetivo la liberación del ser humano sino en su realización parcial, convenientemente expurgado su contenido emancipador y redentor, esto es, reduciéndolo a materialismo barato, a una ideología que abandona su pretensión de transformación radical del mundo a cambio de la seguridad que le proporciona asumir un rol en el mismo. Poco a poco, la izquierda fue abandonando la promesa de felicidad contenida en el proyecto de emancipación integral del ser humano que comenzó a gestarse en el siglo XIX. Y lo hizo reduciéndolo a su aspecto meramente económico, posponiéndose su realización absoluta a un futuro que se anunciaba próximo pero que no terminaba nunca de llegar. En este reduccionismo se encuentra una de las claves del miserabilismo al que estamos sometidos actualmente. Ese materialismo vulgarizado para el que lo único que cuenta es la satisfacción de las necesidades más básicas contribuyó a reducir al ser humano a nuda vida, a la expresión más simple de la existencia: la meramente biológica. Todo aquello que no fuese la pura supervivencia, pero que sin embargo es lo que nos habla de una vida plena y auténtica –el amor, la pasión, la poesía, los deseos, el erotismo, la imaginación,…– fue descartado por el positivismo del que se contagió la izquierda como algo irrelevante o, cuanto menos, secundario. El pensamiento científico-racional y la moral burguesa descartaban esos valores porque no podían ser cuantificados, medidos, comparados y, por tanto, sometidos a su ordenamiento del mundo. Al hacer suyo este planteamiento y desdeñar lo sensible, el movimiento obrero estaba aceptando el lenguaje del enemigo y, peor aún, empezando a pensar como él, aceptando el axioma que asegura que lo importante es impulsar el desarrollo económico y que éste traerá de por sí el bienestar de la humanidad. Aceptar esto supone reconocer y asumir la separación, pensar que la vida no es más que supervivencia, lo que lleva inevitablemente a contentarse con el miserabilismo y la pobreza vital que impone el Capitalismo. Se cercena así una parte de nuestra humanidad y se descarta una de las armas más valiosas para luchar contra el enemigo, la que se carga con los sentimientos, los deseos y las pasiones. Prácticamente todo el movimiento revolucionario asumió este planteamiento, sólo unos pocos grupos –como los surrealistas– e individuos –como Walter Benjamin– se aferraron a esa sensibilidad, reconociendo su valor y tratando de llevar a cabo una síntesis entre el materialismo histórico y la dimensión mágica y poética de la vida. Es de justicia hacer mención de ellos, pero por desgracia fueron despreciados e ignorados por la mayoría de sus contemporáneos y prácticamente hasta los años sesenta no se volvió a plantear seriamente en los medios anticapitalistas la importancia de lo sensible, de la poesía, del amor o de la vida cotidiana en la lucha contra el orden dominante. Pero, para entonces, el Capitalismo había tenido el tiempo necesario para preparar una estrategia con la que neutralizar la amenaza que podían suponerle estos fenómenos, se le concedió una ventaja más, un tiempo precioso que aprovechó para rearmarse y para confundirnos con falsos regalos. Ese error del socialismo lo pagamos todavía.
Andrés Devesa
